La gran pregunta

Mar 2, 2020 | 40 Dias en Amor

De todo lo que le hemos escuchado decir a Jesús acerca de las relaciones personales, a menudo volvemos a un lugar durante su ministerio: una colina junto al Mar de Galilea.

Jesús se sentó en la ladera de una de las colinas verdes que subían suavemente de las aguas azules de Galilea y ofreció el sermón más famoso jamás pronunciado: el Sermón del Monte. Este es un sermón lleno de verdad en cuanto a las relaciones personales saludables con Dios y los unos con los otros.

 

Así que volvemos de nuevo a estas palabras de Jesús al empezar nuestro estudio del último principio de las relaciones personales. Este es un principio familiar, que muchos aprendimos cuando éramos niños, pero debido a esa familiaridad podemos perder de vista con facilidad su poder y su impacto.

 

Jesús dijo: «Así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes» (Mateo 7:12). A esto le llamamos la «regla de oro». j Piense en el poderoso potencial para el cambio que existe en esta sola regla! Si pudiéramos empezar a pensar y actuar en nuestras relaciones personales sincronizados con esta sola regla, la diferencia sería radical.

 

Sin embargo, agazapada a un lado de este principio que cambia la vida hay una gran pregunta. Nos guste o no, esta pregunta se abre camino hasta todas nuestras relaciones personales. Podemos tratar de sacarla de nuestra mente, pensando que es una pregunta demasiado egoísta; pero sigue allí. La única manera de lidiar en realidad con esta pregunta no es ignorándola, sino haciéndole frente y respondiéndola.

 

La pregunta es ésta: ¿Cómo satisfago mis necesidades en esta relación personal?

Por desprendidos que podamos llegar a ser, con todo tenemos necesidades… y nos preguntamos cómo satisfacerlas.

 

He aquí la gran respuesta a esta gran pregunta: Debo dedicarme a satisfacer las necesidades de otros a fin de satisfacer las mías! La única manera en que puedo lograr satisfacer mis necesidades egoístas es no siendo egoísta. Sin cláusulas de excepción o enunciados limitadores, Jesús dijo: «Así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes». Esta es la regla que alimenta cualquier relación personal. Es la regla que satisfacer las necesidades tanto suyas como las de otros en sus relaciones.

 

Para ser una declaración tan sencilla, la regla de oro ha recibido una atención asombrosamente variada con el correr de los años. En la esfera del gobierno, el emperador romano Alexander Severus, que gobernó del 222 al235 d.C., adoptó la regla de oro como su lema y la hizo inscribir en oro sobre las paredes de su palacio. Desde entonces ha sido inscrita en incontables edificios de legislatura y leyes. En el ámbito de la religión, alguna forma de la regla de oro aparece en la mayoría de las religiones del mundo. En la filosofía, el apologista G.

 

Chesterton y su amigo anticristiano Jorge Bernard Shaw se enfrascaron en un famoso debate sobre el significado de la regla de oro, en el que Shaw concluyó: «La regla de oro es que no hay regla de oro», y Chesterton respondió: «El que no haya regla de oro [sería en sí mismo] una regla de oro».” En el mundo de los negocios, J. C. Penney expresó su consagración a la regla de oro nombrando a su primer almacén por departamentos en 1902 el «Almacén Regla de Oro», un nombre adoptado por todos los almacenes hasta 1913 cuando la cadena llegó a ser conocida como «1. C. Penney»,

 

Por interesante que pueda ser esta atención, el verdadero significado de la regla de oro no se ve en una inscripción en un edificio o en un debate filosófico; su verdadero significado se expresa cuando un esposo se ve a sí mismo a través de los ojos de su esposa y dice: «Por favor, perdóname por mi egoísmo y mi insensibilidad», o cuando un amigo atiende una necesidad que nadie siquiera notó. Su significado se ve mejor en la manera en que escogemos relacionamos los unos con los otros.

 

Cuando se trata de esta cuestión de hallar en una relación personal la satisfacción de nuestras necesidades, a menudo jugamos con reglas diferentes a la regla de oro… reglas que tal vez aprendimos cuando crecíamos o implantamos debido a nuestras propias experiencias en la vida. Sin que importe cuál sea la fuente, estas reglas hechas por el hombre a veces parecen funcionar bien al principio, pero arruinan la relación personal al final.

 

Una de nuestras reglas para las relaciones es la regla recíproca: «Lo que tú hagas por mí, eso es lo que haré por ti; si tú me rascas la espalda, yo te rasco la tuya». Muchos actúan según esta regla. La misma puede muy bien ser nuestra regla más popular cuando nos esforzamos para que nuestras relaciones triunfen. Por cierto, no hay nada de malo con devolver una bondad que nos han hecho; pero esta regla en realidad tiene que ver con nuestra suposición de que nos hemos ganado una bondad debido a que hemos sido bondadosos con alguien. Al final es una regla que se basa en el egoísmo, no en el servicio. Si esta regla es todo lo que tenemos, las relaciones personales pueden fácilmente degenerar hasta convertirse en una espera de que el otro haga la primera movida antes de que le correspondamos. Esta clase de regla no es lo suficiente poderosa para brindamos el tipo de relaciones que Dios nos creó para disfrutar.

 

También tenemos la regla de rebote: «Haz por alguien según lo que otro ha hecho por ti. La manera en que me han tratado en otras relaciones controla la manera en que te trato en nuestra relación». Esta regla con frecuencia invade a un matrimonio. La manera en que sus padres lo trataron a usted determina la manera en que usted trata a su cónyuge. La manera en que un ex cónyuge lo trató, incluso la manera en que sus hijos lo trataron, influye con fuerza en la forma en que usted trata a su cónyuge actual. Usted ha tenido un día difícil en el trabajo, y se desquita con la familia. Esta regla subyace en la vieja historia del hombre que llega a casa después de un terrible día en su trabajo y se desquita con su esposa lanzándole palabras coléricas. Su esposa entonces le habla ásperamente a uno de sus hijos, el chico sale y le da una patada al perro, y el perro le arranca a mordiscos la cabeza a la muñeca que está en el piso. Todos ellos se habrían ahorrado mucho dolor si el hombre simplemente hubiera llegado a casa y arrancado a mordiscos la cabeza de la muñeca.

 

Luego tenemos la regla del motivo oculto: «Actúo como si en realidad lo estuviera haciendo por ti, pero en verdad es para conseguir lo que quiero». La mayoría de nosotros se da cuenta de esta regla con mucha facilidad. La misma funciona para el esposo que cariñosamente le regala a su esposa un collar nuevo justo antes de decide que acaba de comprar un nuevo bote de pesca sin decírselo a ella.

 

Todos nuestros juegos y reglas palidecen ante las palabras sencillas de Jesús. La versión de la Biblia The Message [El Mensaje] las parafrasea de esta manera: «Esta es una guía sencilla y básica para la conducta: Pregúntate tú mismo lo que quieres que las personas hagan por ti, luego toma la iniciativa y hazlo por ellas» (Mateo 7:12, MSG). ¿Quiere transformar sus relaciones personales? Esa es la regla sencilla para lograrlo.

 

La regla de oro es fácil de repetir y entender; la misma se presta para la memorización. Sin embargo, ¿cómo avanzamos más allá de que se trate solo de buenas palabras? ¿Cómo empieza uno en realidad a vivir esta regla en sus relaciones personales? A fin de llegar a lograrlo alguna vez, hay que tratar con lo que hacemos cuando percibimos qué nuestras necesidades no están siendo satisfechas en una relación personal.

 

Todos hemos estado allí. En lugar de aplicar la regla de oro, llegamos a un impasse: «Tú no satisfaces mis necesidades, así que yo tampoco satisfago las tuyas». Entramos en una espiral descendente: con un cónyuge, un hijo, un padre o un amigo. Tal vez usted se oponga a emplear la palabra obstinado, pero si mira muy dentro de su corazón, allí está obrando una obstinación -probablemente en ambos- que dice: «jYo no voy a ser el primero en ceder! Voy a asegurarme de que tú lo hagas primero. Es tu turno. Yo lo hice primero las últimas cinco veces». Considere esta pregunta: ¿Ve usted algo acerca de «turnos» en la regla de oro? Pues bien, cuando uno lo piensa, hay algo sobre de quién es el turno de atender las necesidades del otro: siempre es mi turno. «Pregúntate tú mismo lo que quieres que las personas hagan por ti, luego toma la iniciativa y hazlo por ellas».

 

Cuando nos hallamos atascados en uno de esos momentos en los que ninguna persona en la relación quiere atender las necesidades del otro, ¿qué hacemos? ¿Cómo puede cambiar su corazón para que la relación pueda crecer?

 

Por fortuna, hay una manera de romper el atolladero. Puede empezar por agradecerle a Dios por la otra persona. Busque algo aunque sea algo pequeño en la otra persona por lo cual usted puede dar gracias. He hallado que no puedo actuar sin egoísmo hacia alguien a menos que esté agradecido por esa persona. Simplemente esto no funciona. El corazón se abre para atender las necesidades de los demás cuando uno está agradecido por ellos.

 

Día TREINTA Y SEIS

Pensando en mis relaciones personales

Punto para meditar: Debo dedicarme a satisfacer las necesidades de otros a fin de satisfacer las mías.

Versículo para recordar: Así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes (Mateo 7:12).

Pregunta para considerar: ¿Por qué persona puedo darle gracias a Dios a fin de tomar la iniciativa para satisfacer sus necesidades?

Mañana: El amor es sacrificado.

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