Cómo la humildad maneja nuestra tendencia a comparar

Feb 27, 2020 | 40 Dias en Amor

Debido a que equiparamos ser el primero con ser el más grande, siempre estamos comparando.

En todo cuarto al que entramos, en toda reunión de negocios a la que asistimos, en toda conversación que tenemos, nos hallamos a nosotros mismos preguntándonos qué lugar ocupamos: ¿Estoy adelante, o estoy atrás? ¿Estoy encima, o estoy debajo?

 

Esta tendencia a comparar tiene un impacto inmensurable en nuestras relaciones personales. La trampa de la comparación puede arruinar incluso la mejor de las relaciones. Lo que usted tiene es bueno, sin embargo, empieza a mirar a su alrededor y a comparar: «Él parece ser más atento que mi esposo». «Ella me anima más que mi esposa». «Mire a esos muchachos. ¿Por qué mis hijos no pueden portarse así de bien?» Satanás nos tienta para que tomemos algo bueno y 10 despojemos de la alegría que nos produce por medio de la comparación. La verdad es que usted no sabe cómo el individuo atento trata a sus empleados en la oficina; no sabe cuán a menudo a esa mujer que le anima tanto le encanta chismear con sus amigas; no sabe cómo se portan esos otros chiquillos cuando nadie los ve.

 

UNA EXPERIENCIA DE LA VERDAD

 

Jesús sabía observar a las personas. Un día, mientras la gente llegaba a una fiesta, Jesús observó cómo daban vueltas buscando los asientos más codiciados. Las mesas estaban colocadas en forma de U. La mesa principal para el anfitrión y sus invitados importantes estaba en la parte superior. A los lados se sentaban las personas menos homenajeadas de la fiesta. Mientras la gente esperaba para ocupar sus sillas, evaluaban la importancia de todos los demás en el salón: «Yo soy mejor que este, más importante que aquel, más alto en la escala que ella. Parece que merezco tener el asiento mejor». La gente empezó a sentarse lo más cerca del punto principal según pensaban que merecían… sillas musicales para los trepadores sociales.

 

Basado en lo que vio en esa fiesta, Jesús ofreció un consejo que tiene que ver con las relaciones:
«Cuando alguien te invite a una fiesta
de bodas, no te sientes en el lugar de honor, no sea que haya algún invitado más distinguido que tú. Si es así, el que los invitó a los dos vendrá y te dirá: “Cédele tu asiento a este hombre. Entonces, avergonzado, tendrás que ocupar el último asiento. Más bien, cuando te inviten, siéntate en el último lugar, para que cuando venga el que te invitó, te diga: “Amigo, pasa más adelante a un lugar mejor.” Así recibirás honor en presencia de todos los demás invitados. Todo el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido).

Basado en Lucas 14:7-14

 

Jesús nos recuerda que enfrentamos una prueba diaria de grandeza en este asunto de la comparación: ¿Voy a exaltarme a mí mismo y tratar de ocupar el primer lugar, o voy a humillarme y decidirme a ocupar el asiento más humilde?

 

En la mayor parte del mundo actual, equiparamos el hecho de ser el primero con ser el más grande. Primer lugar, primera silla, primera clase… todas estas son expresiones de lo que pensamos que es lo más grande y mejor. Jesús nos enseñó que la grandeza no es cuestión de ganar una competencia; la grandeza es un asunto de vivir con humildad la vida que Dios nos dio para que vivamos. Y Dios se interesa mucho más por a quién está ayudando durante la carrera que por el que está delante de usted. Dios no está preguntándole: «¿Vas a llegar a la línea de llegada antes que todos los demás?» Él le está preguntando: «¿A quién vas a ayudar para que cruce contigo la línea de llegada?»

 

¿Se humilla a sí mismo ocupando el lugar más humilde? Para mí, esta es una de las preguntas más desafiantes de la vida. Lo asombroso es que Jesús no dijo simplemente: «Conténtate si te dan el asiento más humilde»; él dijo: «Ocupa el lugar más humilde». Tomar la decisión de ocupar el lugar más humilde es muy diferente de tolerar que lo coloquen a uno en el asiento más humilde.

 

Tengo que decirle que yo estaría más que contento de ocupar el lugar más humilde siempre y cuando sepa que alguien con toda probabilidad va a tocarme en el hombro y decirme: «Usted está en el asiento errado, señor. Venga y ocupe el lugar más alto». Sin embargo, ¿qué tal si ocupo el lugar más humilde y tengo que quedarme allí? ¿Qué tal si veo que alguien que pienso que es menos importante que yo está sentado en un lugar más alto del que ocupo? ¿Voy a encontrarme pensando en qué estoy haciendo ahí cuando ellos están sentados allá arriba?»

 

Conforme crecemos en la madurez espiritual, con frecuencia atravesamos tres fases al considerar cuál lugar buscar. En la fase uno me gobierna el egoísmo, así que procuro el lugar más alto. Tal vez lo haga de manera obvia o de forma sutil, pero en mi mente procuro sentarme en el lugar principal. Estoy convencido de que esto hará que me sienta importante.

 

Mientras crezco en humildad, llego a la fase dos. Ocupo el lugar más humilde, esperando que me conduzca al lugar principal. Esta es mi senda aparentemente nada egoísta para alcanzar el lugar más destacado. Muchos de nosotros vivimos la mayor parte de nuestras vidas en esta segunda fase. Actuamos con desprendimiento, esperando que esto nos permita obtener lo que de forma egoísta queremos todo el tiempo.

 

Hay una tercera fase, en donde nos sentimos igual de cómodos en el punto más humilde que en el más alto. Nos damos cuenta de que en realidad no importa lo que pensamos que es lo primero. En este nivel, si uno está en el lugar más bajo, piensa: «Si estoy en este punto, Dios puede usarme aquí. Tal vez haya alguien sentado a mi lado con quien no estaría hablando si estuviera allá arriba. Tal vez haya alguien que puede conversar conmigo y provocar un cambio que nunca vería suceder si estuviera sentado en otro lugar. Dios puede usarme precisamente aquí». Sin embargo, hay más que eso. Cuando llego a esta fase, también me doy cuenta de que si resulta que acabo en el lugar principal, Dios también puede usarme allí. Uno puede decirse a sí mismo: «Él quiere obrar en mí y por medio de mí en este sitio. ¿Con quién necesito hablar aquí? Hay algo que Dios quiere hacer en mi vida en este punto». Usted está igual de satisfecho donde quiera que Dios lo ponga.

 

No he llegado todavía a esta tercera etapa. Espero llegar allá algún día. En realidad quiero estar allí. De vez en cuando tengo una breve experiencia de la libertad que sería mía si me mantuviera constantemente en este punto. No quiero estar tan preocupado por comparar y competir que esto carcoma mi pasión por lo que es en verdad importante y he aquí la hermosa sorpresa que Dios nos da: A menudo en lo que parece ser el lugar más humilde hallamos las mejores bendiciones de la vida. Las más ricas relaciones personales, las alegrías más puras, las influencias más profundas con frecuencia se encuentran cuando estamos fuera de los reflectores y nos sentimos libres para sencilla- mente amar y servir. F. B. Meyer lo dice de esta manera: «Solía pensar que los dones de Dios estaban en anaqueles, uno sobre otro, y mientras más crecíamos en el carácter cristiano, con más facilidad podíamos alcanzarlos. Ahora hallo que los dones de Dios están en anaqueles, uno debajo del otro; y no es cuestión de crecer más, sino de agacharse más».”

 

Si usted es una persona que vive por el entusiasmo de la competencia, tal vez esté pensando: «Esto es una locura. ¿En verdad la Biblia dice eso?» Si lo motiva la competencia saludable, Dios no está diciéndole que niegue la manera en que fue creado. Si está diseñado para la competencia, sea competitivo… pero compita por algo diferente a lo que la mayoría de las personas se conforman por competir. ¡Compita por algo diferente a ser el primero! ¿Existen seis mil quinientos millones de personas en el mundo y todavía la meta más alta en que usted puede pensar es en ocupar el primer lugar? [Esta no es una meta muy elevada que digamos! Si Dios lo diseñó para que fuera competitivo, sea competitivo en cuanto a dar de comer a los que están muriéndose de hambre. No estoy diciendo que compita con otras personas que están tratando de ayudar, sino con el enemigo llamado hambruna. Usted está diseñado para ser competitivo, así que sea competitivo en cuanto a llevar las buenas nuevas del amor de Jesús a lugares del mundo a los que nadie más va a ir. Sea competitivo en cuanto a ser el mejor esposo, la mejor esposa, la mejor mamá, el mejor papá que pueda ser. Sea competitivo en cuanto a cosas que en realidad son importantes.

 

Dios es fiel para usar a los que dejan de preocuparse por ser el más grande. Él puede cambiar el mundo por medio de los que dicen: «Dios, dondequiera que me pongas, voy a hacer algo que sea determinante para ti en el mundo hoy». Esta es la senda de Jesús hacia la verdadera grandeza. Así es como la humildad maneja la tendencia que tenemos de comparamos con otros y luchar por el lugar más alto.

 

Día TREINTA Y DOS

Pensando en mis relaciones personales

Punto para meditar: Jesús no dijo: «Conténtate si te dan el lugar más humilde»; él dijo: «Ocupa el lugar más humilde».

Versículo para recordar: No nos atrevemos a igualamos ni a comparamos con algunos que tanto se recomiendan a sí mismos. Al medirse con su propia medida y compararse unos con otros, no saben lo que hacen (2 Corintios 10:12).

Pregunta para considerar: ¿Alguna vez he estado dispuesto a ocupar el lugar más humilde? Cuando 10 hice, ¿qué sucedió?

Mañana: Cómo la humildad maneja nuestra relación con Dios.

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